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San Juan vive una realidad que no se puede maquillar. A pesar de su tradiciรณn agrรญcola, sigue siendo una de las provincias mรกs rezagadas del paรญs. El llamado “Granero del Sur” hoy refleja mรกs nostalgia que presente: producciรณn debilitada, poca infraestructura y una economรญa con escasa diversificaciรณn.

La crisis del agua y la deforestaciรณn agravan el panorama, mientras la falta de empresas de escala limita el empleo formal. En ese contexto, la minerรญa, y en particular el proyecto Romero, entra al debate como una posibilidad, pero tambiรฉn como una fuente de temor.

Ese miedo no es irracional. Viene de aรฑos de desinformaciรณn, discursos emocionales y desconfianza en cรณmo se manejan los recursos. Muchas comunidades sienten que, donde ha habido minerรญa, los beneficios no siempre llegan de forma justa.

Sin embargo, tampoco se puede ignorar la experiencia de Cotuรญ con Barrick Pueblo Viejo. Con sus luces y sombras, ha generado empleos, actividad econรณmica y aportes fiscales relevantes. Negar eso serรญa tan simplista como ignorar los riesgos.

La discusiรณn no debe ser “minerรญa sรญ o no” a ciegas. Debe ser bajo quรฉ condiciones. Una minerรญa responsable (con controles ambientales reales, transparencia y beneficios tangibles para la gente) podrรญa representar una oportunidad para San Juan.

La provincia necesita dar un salto. Y ese salto requiere decisiones con cabeza frรญa, sin fanatismo y con un objetivo claro: que el desarrollo, por fin, le llegue a su gente.