El mito de la potencia militar bolivariana se desmorona en pocas horas
Las llamadas "gloriosas fuerzas bolivarianas", tan dadas al discurso épico y al gesto inflamado, se revelaron como lo que siempre fueron: un aparato diseñado para oprimir al pueblo, no para defender al país. Mucho uniforme, mucha consigna y poca capacidad real. Bocazas para el mitin, soldados de pacotilla para el combate.
Bastó una operación quirúrgica, precisa y breve para desnudar el mito. En cuestión de horas, el sofisticado arsenal ruso, los sistemas chinos y el omnipresente anillo de seguridad cubano quedaron reducidos a chatarra inútil.
Ni defensa aérea, ni comunicaciones, ni mando efectivo. El Estado Mayor, mudo. El ejército, paralizado. Tres días después, seguían sin poder coordinar algo tan elemental como una red de radio. El "imperialismo" resultó ser menos retórico y más eficaz.
Las Fuerzas Armadas que presumían de fortaleza eran, en realidad, una estructura inflada, corrupta y diseñada para el control interno.
Más generales que soldados, más negocios que doctrina, más represión que estrategia. El poder militar no se ha evaporado. Sigue ahí, porque no se sostiene solo en fusiles, sino en intereses. Carnes, oro, fronteras, contrabando, alianzas turbias. Esa es la argamasa de su lealtad. La gran incógnita no es si saben pelear —ya demostraron que no—, sino si sabrán negociar su propia supervivencia cuando el miedo deje de ser suficiente.

