Por Héctor Plata

La provincia Independencia continúa enfrentando profundas carencias sociales y económicas, a pesar del interés manifiesto del gobierno que encabeza el presidente Luis Abinader por dinamizar los sectores productivos, motorizar la economía local y propiciar el desarrollo integral del sur del país. La intención existe; el reto está en convertirla en resultados visibles y sostenibles.

La semilla nace y se desarrolla fuerte cuando el suelo es fértil. De lo contrario, por más esfuerzo que se invierta, su crecimiento será limitado. Así ocurre con nuestras comunidades: sin una base sólida de planificación, institucionalidad y compromiso colectivo, cualquier iniciativa corre el riesgo de quedarse en el corto plazo. Por eso, más allá de reclamar soluciones, debemos asumir nuestra cuota de responsabilidad para cambiar el esquema histórico de miseria y pobreza del que tanto hablamos y escribimos.

En Independencia, funcionarios del gobierno central, del poder legislativo y de los ayuntamientos aspiran legítimamente a exhibir frutos de su gestión. Sin embargo, hay un elemento esencial que se ha relegado: no es posible obtener resultados duraderos sin un plan claro. La improvisación puede generar alivios momentáneos, pero no resuelve los problemas estructurales que arrastramos desde hace décadas.

Precisamente para evitar esa improvisación se concibieron los planes y estrategias nacionales de desarrollo: para medir avances, visualizar cambios y orientar acciones a corto, mediano y largo plazo. Sin planificación no hay evaluación; sin evaluación no hay aprendizaje; y sin aprendizaje no hay progreso.

En la provincia existe un Consejo Provincial de Desarrollo, encabezado por la gobernadora civil Mercedes Novas, donde se han debatido problemas reales que afectan a nuestras comunidades. De igual forma, en los municipios funcionan Consejos Municipales de Desarrollo. No obstante, la mayoría de la población desconoce qué se discute allí, qué prioridades se han definido y, sobre todo, qué nos espera en los próximos años.

Urge transparentar y socializar una agenda clara para cada sector estratégico: agropecuaria, educación, salud, comercio fronterizo, seguridad pública, turismo, transporte y otros pilares de la economía local. La gente necesita saber hacia dónde vamos, qué se está haciendo y cómo se medirá el impacto de esas acciones.

Estos desafíos demandan la unidad del liderazgo provincial. Unos deberán gestionar soluciones, otros exigir con firmeza, pero todos con la mirada puesta en el mismo objetivo: el bienestar colectivo. Pensar únicamente en las próximas elecciones sería un error histórico. Pensar en el Independenciano de hoy y de mañana es una obligación moral.
Aún nos falta mucho por crecer para alcanzar la estatura del desarrollo que merecemos. Sigo buscando —y no encuentro— la razón por la cual los planes concebidos para nuestra provincia no se reflejan en la realidad cotidiana de la gente. No se puede festejar sin una razón real; los logros obedecen a metas claras, no a improvisaciones.

Nuestro liderazgo debe someterse a un análisis profundo y honesto: identificar los males que nos afectan, priorizar necesidades, definir rutas de acción y trabajar con disciplina hasta alcanzar los objetivos. Solo entonces llegará el momento de evaluar, corregir y, si corresponde, celebrar.

Porque el verdadero desarrollo no se anuncia: se planifica, se ejecuta y se demuestra.